02. El centro dinámico




En fuerte contraste con otros tipos de centro, el centro dinámico de peones se caracteriza por una masa de peones móviles, capaz de producir cambios repentinos en la posición. En comparación con el centro bloqueado o fijo, el centro dinámico es indefinible. La movilidad es su cualidad inherente, lo que puede cambiar su carácter en una o dos jugadas, transformándolo en un centro fijo o bloqueado, o disolviéndolo para dar lugar a una posición abierta.

El centro dinámico también está caracterizado por otras propiedades. Implica influencia sobre el centro, no necesariamente ocupación de las casillas centrales y, por tanto, una concentración equilibrada de fuerzas que controlan el centro y, normalmente, alguna ventaja espacial para uno u otro bando. Por regla general, el centro dinámico implica una formación de peones asi­métrica. Esta es la principal premisa, porque una estructura de peones así significa dos cosas:

  1. Que el equilibrio en el centro no es el equilibrio clásico, posicional, basado en la ocupación de casillas centrales o en el control compartido de las mismas, sino que se trata de un nuevo equi­librio dinámico, basado en la constante amenaza de acciones potenciales.

  2. Que las relaciones entre el centro y los flancos son mucho más complejas, estrechas y fluidas. Estas relaciones constituirán nuestro principal foco de interés. Cubriremos la situación del centro y las acciones de flanco.

Al estudiar el centro cerrado, llegamos a la conclusión de que el juego activo tiene lugar nor­malmente en los flancos. El centro es seguro, y los ataques de flanco dependen, en esencia, de su calidad, rapidez y precisión. Por lo general, nada en el centro cerrado puede poner en peligro los acontecimientos inminentes en los flancos.

En el caso del centro dinámico, las cosas son radicalmente distintas. Por un lado, el centro en sí está sometido a inesperados golpes tácticos. Por otro lado, si el centro se evalúa como rela­tivamente estable, pueden emprenderse ataques de flanco. Cuando un bando decide jugar en un flanco, esta acción puede contrarrestarse de tres formas principales: con juego en el mismo flan­co, con contrajuego en el flanco opuesto, o con un contragolpe en el centro. Los vínculos entre estas posibilidades son sutiles, y un factor que ambos bandos deben tener continuamente presen­te. Es un campo que el ajedrez moderno ha estado explorando desde hace varias décadas. Hoy ofrece un gran interés práctico, y es uno de los principales temas de la teoría ajedrecística.

El contragolpe central

En primer lugar, examinaremos la teoría del contragolpe central, aunque no sea más que porque, desde tiempos inmemoriales, se ha dicho que la única receta teórica para contrarrestar un ataque de flanco debe ser una reacción en el centro. Probablemente se trate de una de las más conocidas máximas, que hemos heredado de los pioneros del ajedrez. Es difícil determinar el preciso origen de la idea, pero las partidas demuestran que el concepto tiene una larga existencia. A medida que los años fueron pasando, la fe del maestro de ajedrez en la receta mágica del contragolpe central se fue debilitando, pe­ro a todo lo largo de la segunda mitad del si­glo XX, encontramos partidas ilustrativas que confirman su vigencia.

El ataque de flanco contrarrestado en el mismo flanco

Afortunadamente, no es sólo en el centro donde puede contrarrestarse un ataque de flanco. El contrajuego simultáneo en el flanco opuesto es otra respuesta natural (que se comenta en la última sección de este capítulo), pero en décadas recientes, los ejemplos en los que el bando atacado lucha en el mismo flanco han crecido considerablemente. La estrategia no es nueva, pues se encuentra en varios sistemas de hace mucho tiempo, pero en los últimos 10/20 años se ha aplicado en diversas posiciones nuevas con gran imaginación y audacia. Hoy día es una realidad a la que debemos prestar atención.

Algunos planes tácticos se caracterizan porque a un avance de peón en un flanco el contrario responde con una reacción de peón en el mismo flanco, es decir, que el bando atacado trata de detener el avance de peón avanzando sus propios peones. La misión del peón que avanza es ganar espacio y luego abrir una columna para sus piezas mayores. El propósito del contragolpe es frustrar ambas ideas. En la mayoría de los casos, la columna en cuestión es la torre de rey (normalmente, hablamos del flanco de rey, y, por tanto, de la columna "h"), pero, a veces, tam­bién se trata de la columna de caballo ("g"). Se trata de un momento de la lucha, pero es el mo­mento crucial, que determina en gran medida el curso de la partida. Normalmente, hay elección entre dos o tres posibilidades poco claras, en las que subyace una táctica latente. No puede ser una improvisación alegre.

El propósito, en general, es bloquear el peón enemigo, oponiendo una firme barrera en su camino. A menudo, sin embargo, la idea es detener el avance temporalmente, mediante un sacrificio de peón, a fin de lograr un breve respiro, suficiente para crear contrajuego en otro sector.

Aparte de eso, hay numerosos ejemplos en los que tal contraavance o avance de contención crea un activo contrajuego en el mismo flanco, basado en eventuales incursiones de piezas me­nores en territorio enemigo. Un comando de ese tipo suele confiársele al caballo que, al apode­rarse de un puesto en campo contrario, cambia inesperadamente el curso de los acontecimientos.

El juego de flanco es contrarrestado en el otro flanco

La Defensa Siciliana aporta muchos ejemplos excelentes sobre este tema. En la Siciliana Abierta hay un centro indefinido, potencialmente inestable, y en este sistema nos encontramos con todo tipo de avances de peón. En general, el flanco de rey es de las blancas, y el flanco de dama de las negras. La estructura de peones, como siempre, es la que determina la división. Las negras lanzan ataques de minorías en el flanco de dama, utilizando su juego sobre la semi abierta columna "e". Las blancas tienen fuer­zas algo superiores en el centro y dominan un mayor espacio, por lo que les resulta natural atacar en el flanco de rey. El tablero se convierte así en una balanza sensible, que va inclinándose a medida que los jugadores exhiben su agudeza táctica y su eficiencia.

Los errores suceden en muchas grandes parti­das con ataques en flancos opuestos. A menu­do podemos referirnos a un repentino lapso de concentración o explicaciones similares. Pero hablando en general, la verdadera razón es más profunda. El tipo de posicio­nes que estamos estudiando, en las que el ele­mento del tiempo juega un papel tan impor­tante y las opciones son tan numerosas (ade­más de engañosas y ocultas), el único camino a seguir, en muchos casos, es estrecho y escar­pado y, por tanto, dificil de encontrar. El tiempo se consume rápidamente y las ten­siones aumentan de forma considerable a me­dida que se avecinan los apuros de reloj. De­bemos tener presente que en ajedrez el tiempo no es lo que el reloj muestra, sino lo que los jugadores sienten. Al acercarse al final del tiempo disponible, las manecillas del reloj parecen avanzar con mucha mayor rapidez que al comienzo de la partida. En tales momentos de tensión, el tablero se convierte en un cam­po de minas, que hay que atravesar sin mapa.

La necesidad de actuar

Al hablar de centro dinámico y de estructuras dinámicas de peones, hemos enfatizado en la iniciativa, los avances de peón, ataques y contraataques, así como en el valor precioso del tiempo. Ahora, llegamos a una cuestión pertinente que a menudo se me plantea en ajedrez: ¿por qué tenemos que luchar por la iniciativa, entrando en todas esas posiciones engañosas en las que un solo paso en falso puede conducir al desastre? ¿Por qué todo ese frenético esfuerzo por sobrevivir en aguas turbulentas? ¿Por qué no limitamos a "con­servar nuestra posición", manteniéndonos en aguas transparentes y en una relativa seguridad?

Bueno, la respuesta es muy sencilla: en posiciones con un centro dinámico no hay aguas trans­parentes ni seguridad relativa. Mientras que las estructuras simétricas de peones significan paz y armonía, las formaciones asimétricas implican tensión y lucha. O bien nos proponemos apoderarnos de la iniciativa, o bien la cedemos a nuestro rival de turno. Desde el momento en que un jugador pierde la iniciativa, en la mayoría de los casos queda condenado a la derrota. Parece una respuesta demasiado sentenciosa, pero podemos contrastarla con partidas concretas, cuyo análisis práctico resultará más convincente.

Conclusiones

El centro dinámico es muy frecuente en la alta competición, es decir, es un tema relevante y tiene gran importancia práctica en relación con el estado de la teoría en nuestro tiempo.

El centro abierto podría quedar perfectamente ilustrado por partidas jugadas en la era romántica del ajedrez, porque los jugadores de elite entendían ya los elementos esenciales del centro abierto y estaban bien versados en los métodos pertinentes que regían ese tipo de lucha. Los mejores maestros entendían incluso las connotaciones ocultas del centro fijo también, y nos dejaron extraordinarias lecciones sobre el tema en todos los períodos del siglo XX. La experiencia práctica, en otros tipos de centro ce­rrado, fue absorbida más lentamente, y no fue sino en la década de los sesenta cuando un amplio número de partidas significativas demostró una amplia comprensión del tema. Por supuesto, hacia fines de siglo, la rica experiencia se tradujo en nuevas ideas y evaluaciones más precisas, que nos permitieron ampliar nuestra visión del centro cerrado en general, pero décadas atrás, los jugadores más fuertes habían percibido y entendido ya los mecanismos subyacentes.

Dificilmente podríamos decir lo mismo del centro dinámico. Desde las primeras décadas del siglo XX en adelante, nos encontramos con partidas de la más alta calidad, pero las debemos a momentos inspirados de unos cuantos Grandes Maestros antes que al entendimiento consciente del período en que vivieron. Esto es aplicable, de modo especial, a una apertura tan moderna como la Siciliana, de la que no existía un conocimiento sistemático antes de la Segunda Guerra Mundial. Podemos reconocer como primeros auténticos investigadores en este campo a la generación de posguerra de jugadores soviéticos, algunas celebridades y cierto número de analistas de primera clase. A medida que pasaron los años, el campo de exploración se fue ampliando y el número de exploradores creció de forma proporcional, primero en Europa y luego en todo el mundo. Al final del siglo XX, un impresionante número de jugadores profesionales contaba con sus pequeños secretos acerca de la Siciliana y la masa de información teórica se multiplicaba.

Todo lo que sabíamos acerca del centro dinámico medio siglo antes ha sido cuestionado y reexa­minado. Debemos el fascinante progreso de nuestro tiempo al espíritu experimental, a la dispo­sición a entrar en territorio desconocido e incurrir en riesgos, pero antes que nada a una nueva actitud, nacida de la convicción de que todo es posible, a condición de que esté respaldado por el cálculo concreto. Esa parece ser la máxima general que el moderno intérprete del centro dinámico está dispuesto a aceptar y a practicar sin reserva.

El maestro profesional, por supuesto, puede permitirse esta saludable actitud, pero a niveles inferiores se requiere mucha seguridad en uno mismo para guiarse por el propio juicio. Es muy fácil decir que las máximas y las reglas generales son inútiles, que sólo el análisis concreto de casos específicos conduce a la verdad, pero ¿cómo, entonces, podríamos mejorar nuestro juego hasta el nivel en el que podamos evaluar el curso de una partida de ajedrez por cuenta propia? ¿Cómo, entonces, podría funcionar la enseñanza del ajedrez?

Las partidas magistrales siempre son un buen modo de progresar para el estudioso. Se requiere tiempo y experiencia para llegar al punto en que podemos prescindir de ellas. Se trata de adquirir una clara percepción de las estructuras de peones y de los movimientos de peones. Sobre la base de esa percepción, podremos llevar a cabo análisis precisos y producir evaluaciones correctas de nues­tras propias ideas e interpretaciones.

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