04. El centro abierto




Al analizar la época de los grandes jugadores románticos Paul Morphy y Adolf Anderssen, per­cibimos que las partidas abiertas, en particular los gambitos, que a menudo se caracterizan por un centro abierto, marcaron todo el período. Era común y normal que los peones centrales se cambiasen en la primera fase de la partida. Podríamos adscribir el fenómeno a la generalmente aceptada opinión de la partida de ajedrez como un encuentro intransigente entre dos caballeros, pero no podemos omitir la influencia de la moda teórica, que siempre tiende a conformar las partidas de ajedrez en el mismo molde.

Las partidas abiertas estaban al orden del día, con el Gambito de Rey como soberano supremo entre ellas. A fin de apoderarse de la iniciativa y atacar, un sacrificio de peón se consideraba una inversión prometedora. Un gambito alimentaba el ataque, acelerando el ritmo del desarrollo. Sólo décadas de experiencia demostrarían más tarde que, por sí solo, un sacrificio no basta.

Si la posición es cerrada, entonces pueden ser necesarias maniobras lentas. El período román­tico era demasiado impaciente para tales maniobras. Quería lanzar el ataque de inmediato o rechazarlo con idéntica vehemencia. Hacerlo así era una cuestión de honor, y el maestro de ajedrez de la época lanzaba sus ataques tan pronto como había completado su desarrollo básico. Así, ponía en marcha ataques repentinos, sin detenerse nunca ante riesgos del tipo que fuesen.

Sus objetivos, sin embargo, no podían realizarse sin un centro abierto o, al menos, semiabierto. Sólo cuando las casillas centrales estaban libres de peones, las piezas mayores situadas en las co­lumnas centrales y los alfiles en las diagonales, podrían emprender un ataque de ese tipo. Las pie­zas mayores penetraban por las columnas centrales abiertas, los alfiles hacían fuego barriendo desde el centro, mientras que la ilimitada movilidad de las piezas menores subrayaba las opcio­nes dinámicas. El escenario a menudo se alimentaba con enroques opuestos, facilitando así la concentración de efectivos y sus movimientos.

Las partidas cortas típicas del siglo XIX muestran enfáticamente todos estos rasgos. Lo que enseñaron a generaciones posteriores fue el método de juego, basado en un desarrollo acelerado, fáciles maniobras en espacio abierto, la fuerza de las piezas actuando en armonía sintonizada y, sobre todo, el valor del tiempo. Lo único que los maestros del siglo XX tenían que hacer era ju­gar con la sagacidad de sus predecesores.

Conclusiones

Podríamos decir que el centro abierto es un fenómeno simple. El espacio abierto, en el que los peones no traban la libertad de movimientos, es el escenario ideal para la actividad de las piezas. Los alfiles de largo alcance, en particular, situados en diagonales que atraviesan el centro, se comportan magníficamente en este entorno, pero también las piezas mayores que pueden presionar a lo largo de las columnas abiertas. Esa misma ausencia de barreras multiplica las posibilidades y acelera los ataques que, con un centro cerrado, requerirían la elaboración de lentas maniobras. Aquí no hay tiempo para maniobrar. Los ataques son necesariamente veloces, están precisamente dirigidos y se concentran sobre un objetivo concreto. En tales circunstancias, el elemento tiempo es un factor vital. En conse­cuencia, la lucha por conseguir ventaja en desarrollo y apoderarse de la iniciativa son rasgos característicos de todas las partidas que hemos seleccionado. No es por casualidad que el enroque largo reaparezca, partida tras partida, ya que acelera el proceso de desarrollo y crea rápidamente las condiciones para un ataque.

Tampoco es una sorpresa que la mayoría de estas partidas se ganen con secuencias tácticas. El sacrificio material está a menudo justificado por una ventaja espacial y una fuerte iniciativa, que a menudo son la manifestación externa del factor tiempo. Ahí radica la razón por la que los gambitos se caracterizan con frecuencia por el centro abierto, y también es la razón por la que es, en esencia, un mismo método de juego el que satisface los requerimientos de todas las posiciones abiertas. Sin embargo, encon­tramos centros abiertos en diversos sistemas y variantes, en que los problemas y soluciones resul­tan más complejos a menudo que nos internamos en el siglo XX, pero la manera esencial en que se tratan estas posiciones no ha cambiado desde los días de Morphy y Anderssen. Las directrices generales acerca de tiempo y material, desarrollo, iniciativa, sacrificio, etc., siguen siendo las mismas. Lo que sí ha cambiado, sin embargo, es la actitud del maestro moderno. Aun respetando los principios generales, ha abandonado las reglas simplistas acerca del desarrollo desde hace mucho tiempo, y hoy en día afronta cada posición con creciente escepticismo. Cada posición se trata como un caso único, que contiene reglas propias. Su objetivo es entender estas reglas y actuar en consecuencia. Si careciese de tal actitud, Lev Polugaievsky nunca se habría inmerso en una posición que resulta de siete jugadas de peones y cuatro de dama, en la fase crítica de la apertura, desafiando no sólo los parámetros teóricos, sino también la experiencia práctica.

Pero ¿qué tienen que ver aquí los peones?

En fuerte contraste con todos los demás tipos de centro, en los que la influencia de los peones sobre la estrategia general es dominante, su papel en el centro abierto disminuye por la naturaleza misma de la posición, pero no puede ser ignorado. Se limita a la primera fase de la partida, cuando los peones normalmente juegan uno o dos papeles. En un escenario representan el material a ser sacrificado a fin de apoderarse de la iniciativa: el material se transforma, así, en tiempo. En otro escenario, también frecuente, se cambian en las primeras escaramuzas, a fin de abrir espacio en el centro y crear las premisas para la acción. Su misma ausencia es significativa, causando y modelando las acciones e imponiendo el curso de la partida en un método distintivo de juego, basado en la iniciativa y la actividad.

Para concluir, un pequeño consejo práctico: en general, las posiciones carac­terizadas por el centro abierto favorecen a las blancas, y las negras no deberían entrar en ellas a la ligera. Si sucede que usted interviene en una lucha de ese tipo, ya sea con blancas o con negras, invierta en el desarrollo y el contrajuego activo, pues en posiciones abiertas el tiempo es el elemento crucial. Naturalmente, aunque sea útil tener esto bien presente, los jugadores fuertes saben que cada posición es un caso específico, que debe ser sometido a un preciso escrutinio analítico. Aunque las ideas a que nos enfrentemos desafíen los principios estable­cidos o se encuentren al límite de lo verosímil, debemos considerarlas con seriedad y verificarlas minuciosamente, jugada por jugada. Al nivel más alto, así ha sucedido siempre.

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