01. La era romántica: Morphy y Anderssen




Pese a la diversidad de opciones, a un atento observador de la historia del ajedrez no le pasará inadvertido el hecho de que sus períodos cruciales están marcados por algunas ideas y caracte­rísticas dominantes. Comenzaremos por observar el tiempo y las ideas de Morphy y Anderssen.

Antes de ellos, las interpretaciones del centro estaban caracterizadas por una cierta ingenuidad de los tiempos de los pioneros o, en el mejor de los casos, podrían ser adscritas a un pequeño número de Grandes Maestros del tablero que vivían y jugaban por delante de su tiempo.

En el juego de Morphy y Anderssen, así como también en el del joven Steinitz y algunos otros maes­tros, percibimos, por primera vez, que las arrolladoras y brillantes partidas que caracterizaban la segunda mitad del siglo XIX, estaban regidas por un método de juego bien estudiado en las po­siciones abiertas que normalmente se producían. El maestro de ajedrez de aquel tiempo no cons­truía un centro de peones, y no empleaba los peones para ocupar sectores vitales del tablero. Por el contrario, los peones se empleaban para desintegrar el centro, que rápidamente se abría a raíz de cambios tempranos. Ese centro abierto, desintegrado, lo consideramos característico del perío­do, y el método de juego puede verse como el más valioso legado de la época.

Los jugadores del período romántico explo­raban las posiciones abiertas, entendían los métodos adecuados y los empleaban, plena­mente conscientes de lo que estaban haciendo, aunque a menudo su empresa dejaba la sensa­ción de ser improvisada. Mijail Botvinnik te­nía toda la razón al afirmar que "en el trata­miento de las posiciones abiertas no se ha des­cubierto nada nuevo desde Morphy". Natural­mente, los tiempos han cambiado. Las posi­ciones con un centro abierto son más raras, puesto que los gambitos son hoy menos habi­tuales, mientras que las posiciones modernas en que se plantean, están desprovistas de la simplicidad de aquellos días. A veces, se re­quieren procedimientos más sofisticados, pero el método esencial de juego permanece inva­riable.

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